LA SENDA DEL OSO Y SOMIEDO

Vamos

Abandonamos la monótona AP-6 después de traspasar el espectacular puente atirantado de Barrios de Luna construido en los 80 para salvar el embalse y nos adentramos en el impresionante valle que forma el Río Luna, la comarca de Babia, abrazada por cadenas montañosas a ambos lados. A nuestra derecha la que separa la provincia de Leon de Asturias a través del puerto de La Ventana. Dejamos atrás San Emiliano, pueblo principal de esta comarca para comenzar la ascensión del puerto que en su cara sur aparece desnudo de vegetación.

Desde un mirador contemplamos unas preciosas vistas del valle y de cumbres que nos rodean manchadas aún de nieve. En el mismo puerto paramos buscando una escombrera de una mina de carbón en la que según un amigo nuestro podemos encontrar restos de vegetales fosilizados. Pero no conseguimos localizarla y un viento fuerte y frío nos obliga a regresar a la camper.

Comenzamos el descenso del puerto que en esta vertiente presenta bosques de hayas aún desnudos por el invierno pero sobre los que ha caido recientemente una suave nevada dejando sus ramas cubiertas de un finísimo polvo blanco que se va derritiendo muy lentamente. Cuando el sol abraza las ramas se produce un bonito efecto luminoso: la suave pelusa blanca aparece iluminada y brillantes gotas de agua se descuelgan perezosas alargándose hasta caer....En algunos rincones las ramas de las hayas se alargaban por encima de nosotros hasta tocarse formando un “túnel” de maraña vegetal.

Tras atravesar un estrecho cañón de paredes casi verticales formado por el río Trubia y donde perdimos la señal del GPS, súbitamente el invierno dejó paso a una joven e impetuosa primavera que iba vistiendo a los árboles con hojas, a los cerezos con su flor y dotando al paisaje de un intenso color verde. Y llegamos a Teverga, pero la dirección marcada por el GPS como el área de pernocta, no era la correcta, ya que señaló nuestro destino en la carretera hacia Proaza en medio de la “nada”, así es que prescindimos de los adelantos de la ciencia para retomar nuestros viejos métodos: buscar señales que indicaran el aparcamiento de la Senda del oso junto al cuartel de la Guardia Civil que encontramos con facilidad. Grande, junto al río y únicamente con vaciado de aguas grises, pero en un bonito y tranquilo lugar flanqueado por dos impresionantes peñascos. Nos dispusimos a pasar la noche tras dar un breve paseo.

En poco tiempo el paisaje había ido cambiando ante nuestros ojos como distintos escenarios que se sucedieran unos a otros: de la monotonía llana y desarbolada a ambos lados de la autopista, al verdor del abierto valle de Babia y de San Emiliano, al desarbolado y pedregoso puerto de la Ventana con elevadas cumbres pintadas de manchas blancas, al bosque de hayas desnudo todavía por el frío del invierno de la vertiente asturiana del puerto, al verdor y esplendor de los alrededores de Teverga.

La “Senda del Oso”

Amanece un espléndido día azul que ilumina la blanca capa de hielo formada durante la noche. Nos dirigimos a Proaza al alquiler de bicicletas donde habíamos quedado a la 9,15. Pero paramos antes en una panadería justo en la carretera y compramos pan y lo que fue una deliciosa empanada de nueces que disfrutamos hasta acabar con ella sin dejar rastro, Alquilamos 3 bicicletas y algo parecido a un triciclo-bicicleta que tenía una cesta atrás que nos permitía llevar a nuestra nueva compañera de viaje, Mara, con nosotros. Pero mi supuesta pericia para aprender cosas nuevas que requieran cierta habilidad motora quedó en entredicho cuando no fui capaz de manejar este artilugio. Todos lo consiguieron menos yo. Como primer destino nos dirigimos hacia el cercado de las osas donde en principio hay dos osas y al parecer una más que se ha “colado”. El sol no daba aún en el camino y ¡vaya si echamos de menos unos guantes!. Todos, menos Raul, que se los encontró en un bolsillo. Tras un breve recorrido llegamos a esta “jaula” y pudimos contemplar a una de las osas entretenida comiendo un trozo de pan ajena a nuestras curiosas miradas y a los ladridos de Mara, desconcertada ante la visión de un bicho peludo, grande desconocido pero que sentía como amenaza. Nuestra pequeña compañera nos demostró dos veces que el transporte que le habíamos buscado no era de su agrado lanzándose al suelo, por lo que nos vimos obligados a inmovilizarla para evitar daños mayores.

Alrededor de las 10,15 abandonamos el cercado para regresar por donde habíamos venido, a Proaza y comenzar nuestra ruta de la “Senda del Oso” que terminaría en Entrago, tramo que nos fue recomendado.

La senda se extiende a lo largo de las gargantas que han excavado con paciencia y tiempo el río Trubia en la zona más cercana a la población de Proaza y el río Teverga en Entrago.
El camino aparece asfaltado y vallado, aunque su conservación en algunos tramos no es buena, pero se hace cómoda. Aunque los distintos manuales afirman que dicha senda es llana, lo cierto es que presenta una tenue inclinación ascendente hacia Entrago, lo que no se nota durante los 10 primeros km, pero que pesa mucho en los últimos, sobre todo si se suma a la falta de práctica (desde el mes de agosto) y a la “pila” de años que vamos teniendo.

Así, comenzamos ascendiendo muy suavemente dejando a nuestra derecha el río Trubia que apacible y susurrante se desliza entre hayas y una exuberante vegetación, para luego comenzar a cerrarse en el espectacular desfiladero de Peñas Juntas de paredes verticales y atravesar varios túneles, algunos largos y sin ninguna iluminación lo que nos obliga a descender de las bicicletas ya que éstas carecen de luces y perdemos por completo las referencias. Incluso en uno de ellos que hace una leve curva dejamos de ver la salida y la entrada. A los chicos les parece muy divertido. A mi no tanto, aunque no dejo de disfrutar.


Este estrecho desfiladero acaba tras cruzar la carretera y de pronto se abre un precioso paisaje lleno de luz y color, donde el verde en sus distintas tonalidades lo invado todo y el sol brilla acentuando aún más el contraste entre el intenso azul del cielo, el tono oscuro de las cumbres montañosas que cierran este valle y el verde claro de los prados donde pastan apaciblemente las vacas. Mara pareció resignarse al transporte aunque en determinados sitios la soltábamos para que corriera junto a nuestras bicicletas. Continuamos nuestro camino y de nuevo la vegetación comienza a cerrarse formando un túnel que nos lleva a los desfiladeros de Entrepeñas y Valdecerezales, surcados aquí por el río Teverga que desciende caudaloso y ruidoso. Aquí atravesamos también varios túneles, pero de menor longitud y algunos con una tenue iluminación.

La abundancia y variedad de vegetación parece derrocharse por donde vamos y miramos. Las hayas, castaños, helechos de varias clases, prímulas y otros tipos variedades de plantas y flores no dejan de acompañarnos en ningún momento y disfrutamos de su riqueza de colores que como diminutas pinceladas destacan sobre el tapizado suelo verde.

Pero tras dos horas de pedaleo incesante, a la altura de Las Ventas, a unos 4 o 5 km. De nuestro destino, comienzo a sentir como una losa los síntomas del cansancio que comenzaron ya a aparecer antes, y alterno tramos en donde empujo la bicicleta, incapaz de apretar un pedal. Estos tramos cada vez se van haciendo mayores y me siento tentada a sentarme y esperar el regreso de todos. Ya no disfruto con el entorno…, pero Angel me anima a continuar y casi sin darme cuenta llegamos al aparcamiento donde habíamos pasado la noche anterior, eso sí, empujando la bicicleta. Devoramos unas deliciosas galletas de chocolate, descansamos unos 10 minutos e iniciamos sin ninguna pereza el regreso que ahora era cuesta abajo.

Prácticamente sin pedalear, con el divino sol de la una y media calentándonos y un airecillo fresco en la cara . Pero cuando iba disfrutando ahora del paseo David que “conducía” el “triciclo” se para y entristecido nos dice: “he pinchado”, así es que comenzamos las labores de arreglo (nos entregaron un “quip” de reparación): desmontamos la rueda, cambiamos la cámara, pero la bomba no vale para el “pitorro” fino. Ya me veía andando…pero providencialmente apareció una familia catalana que venía estupendamente pertrechada y que respondió a nuestra petición de socorro. Así es que con su ayuda conseguimos continuar nuestro camino que disfrutamos ahora mucho más finalizando alrededor de las 15,30. Devolvemos las bicicletas y contamos lo sucedido y, como en todo, hay que saber o al menos preguntar: la bomba que llevaba el “quiq” se desmontaba por algunos sitios y aparecían accesorios que nos hubieran permitido inflar la cámara de haber sabido. Pero nosotros nos quedamos en la lección del “latiguillo” de las bombas clásicas y como no nos hemos renovado…

Después de comer por mayoría decidimos descansar y dar una pequeña cabezada. Todos, excepto claro está, Raul, que no para. Hasta la perra cae en un pequeño y breve letargo.


A las 5 ponemos rumbo al Parque Natural de Somiedo. Nuestro destino: Villar de Vildas, en el corazón del parque. La carretera…espectacular, como todas, pero especialmente el puerto de San Lorenzo, puerta de entrada a este mágico lugar y que nos regala unas maravillosas vistas. Aun lado Teverga y al otro el Parque. El descenso es duro y se hace largo y vamos dejando atrás pueblecitos “colgados” sobre empinadas laderas verdes para terminar al fondo de una profunda garganta en La Riera, donde perdemos la señal del GPS y nos vemos obligados a parar y prescindir de las “nuevas tecnologías” que no parecen llegar a estos recónditos lugares y regresar al mapa de papel. Recuperado ya nuestro rumbo correcto y la señal del GPS llegamos a Aguasmestas, donde se abre uno de los cuatro valles de este parque, la Pigüeña.

Valle de la Pigüeña

Y según nos internamos en este valle nos vamos sumergiendo en un lugar único, mágico, que nos iría mostrando en cada garganta o desfiladero toda su fuerza, en cada pradera, río o arroyo toda su belleza y armonía. Nos iría desvelando al igual que las páginas de un libro, el secreto del frágil equilibrio entre el hombre y su medio.

La carretera muere en Villar de Vildas, al fondo del valle, antaño uno de los rincones más apartados y perdidos de todo Somiedo. A la entrada hay un pequeño aparcamiento, pero una señal de prohibición de aparcamiento nos obliga a continuar y nos internamos por calles que se estrechan cada vez pero que permiten nuestro paso hasta un aparcamiento prácticamente plano en el centro al que se accedemos con dificultad tras maniobrar varias veces. Las vistas son preciosas y el pueblo…No sé si calificarle de “pintoresco”: en cada rincón encontramos un hórreo distinto que en su parte inferior sirve de tendedero, aparcamiento de vehículos, cenador o que sencillamente sirve como “trastero” donde se acumulan juntos objetos tan diversos como un viejo carro junto a un moderno tractor o una hormigonera. Parece sugerir una metáfora de lo que es la vida por estos lugares, donde el hombre desarrolla su actividad en perfecta armonía con su entorno y donde el pasado y el presente se funden creando un espacio realmente único como iríamos descubriendo después. Las cuadras de las vacas se alternan y conviven con las viviendas de sus dueños. A la puerta de cada una aparece un pequeño cobertizo que recoge el estiércol. Y durante nuestro paseo al caer la tarde no dejamos de percibir el olor característico a “vacas”, a ganado, a pueblo…Al fondo se recortan las cumbres aún nevadas de la Serrantina con cimas que superan los 2000 metros. A la llegada de la noche el pueblo parece “suspendido” en el tiempo y nosotros disfrutamos de esta paz.

La braña de La Pornacal


La noche ha sido tranquila y la mañana del miércoles día 12 aparece con una fina capa blanca de hielo, así es que esperamos a que el sol nos llegue y nos caldee. Cargamos agua en una fuente en el mismo aparcamiento y nos preparamos para nuestro paseo hacia la braña de La Pornacal, que según nuestros datos, es la mayor y mejor conservada de la zona con una treintena de cabañas.

La braña es un prado de montaña donde los vaqueros llevaban a sus animales en primavera y otoño para aprovechar los pastos y que ha generado una arquitectura tradicional que aún se mantiene viva y que es única en España e incluso a escala mundial. Estas construcciones denominadas “cabanas” son de piedra con un techo de madera tapizado de escoba o piorno que se coloca sobre una base de brezo (teitos). Estos teitos son impermeables y aguantan el peso de intensas nevadas pero necesitan también labores de mantenimento renovando parcialmente las partes deterioradas (teitado). Son de planta rectangular con la cuadra en la única planta y la parte superior para guardar el heno. Junto a la cuadra, una pequeña puerta da acceso a un reducido habitáculo donde pasaba la noche el pastor o “brañeiro”.Una braña tipo estaría formada por un conjunto de “cabanas” rodeadas de prados, fuentes, abrevaderos para el ganado y a veces las denominadas “olleras” que son unas fresqueras hechas de piedra por las que circula el agua y en las que se guardaban las ollas con la leche.


Con esta pequeña información y la fotografía en mi memoria de alguna de estas “cabanas” me imaginaba que serían unos lugares muy especiales que solo podría comprender en toda su magnitud cuando los pudiera contemplar. Llena de curiosidad e ilusión, iniciamos nuestro camino por una pista asfaltada de uso ganadero que inicialmente ascendía suavemente por la ladera de una montaña, dejando a nuestra derecha y cada vez más abajo, al joven río Pigüeña que aquí corría impetuoso y bravo y un frondoso bosque de hayas desnudo aún de hojas del que había leído que en sus partes más densas y distantes escondía algunas parejas de osos y urogallos. Dejamos también a nuestra derecha otro pequeño valle por el que discurre un arroyo que se une al Pigüeña. Tras dos tramos de pendiente pronunciada separados por uno más suave y después de un agradable paseo de una hora y media, vimos el teito de la primera cabana. Una vez arriba la vista se convierte en un espectáculo de una belleza de difícil descripción: se abre un amplio prado verde sostenido por las suaves laderas de montañas a ambos lados por las que se extiende un conjunto de cabanas, una a continuación de la otra hasta un total de 33. Se agrupan sobre todo a nuestra izquierda, ladera arriba, pero también aparecen por nuestra derecha por donde además continua circulando el río y nuestros sorprendidos ojos siguen viendo más hacia el fondo. El conjunto es cuanto menos, sorprendente. Sobrecogidos por este extraño lugar que parece sacado de una película, andamos entre ellas y nos asomamos curiosos. De nuevo tengo la sensación de ser absorbida y transportada por un túnel del tiempo. El lugar tiene un atractivo especial, emana cierto “hechizo” que unicamente es roto por la presencia de vaqueros que cuidan y hablan en bable con sus vacas. El descubrimiento del vehículo que los ha transportado hasta allí me devuelve al siglo XXI.

El marco que envuelve estas cabanas es incomparable: parecen posadas suavemente sobre las laderas que bajo un limpio sol muestran todo el esplendor cromático del color verde. Al fondo se recortan las cimas manchadas aún de jirones de nieve. El silencio solo se ve roto por la llamada que hace algún vaqueiro a su ganado. Es un paisaje armonioso y sereno, que nos habla de un hombre integrado en él, fundido con su entorno, un paisaje que parece desvelarnos el secreto del frágil equilibrio entre el hombre y su medio.

Llenos aún de este lugar y tratando de retener lo que habíamos visto y sentido, comenzamos nuestro regreso. Ya era tarde y nos cruzamos ahora con tres o cuatro grupos reducidos de personas que subían. Disfrutamos de la calidez del sol que a estas horas lo abrazaba todo, pero sobre todo las diminutas florecillas silvestres que pintaban de colores menudos los distintos tonos de verde. Los dientes de león y las margaritas dejaban paso a los botones de oro, a las prímulas, las violetas y las orquídeas. Y de nuevo nos recibió el sonido del agua que con prisa descendía y se escurría valle abajo.

Para sacar la camper del aparcamiento tuvimos que “sudar” un poquito realizando varias maniobras en muy poco espacio, por lo que recomendamos no entrar en el pueblo con las autocaravanas y preguntar o pedir permiso para dejarlas en el aparcamiento que se encuentra a la entrada.



Deshicimos el camino desde Villar de Vildas a Aguasmestas por la estrecha carretera que recorre el valle tratando de encontrar cobertura para realizar una llamada que era muy importante. Pero ante la imposibilidad de conseguirla nos vimos obligados a parar en la cuneta frente a un bar en La Riera. Con esta llamada no se solucionó y después de comer tuvimos de nuevo que buscar otro bar con teléfono público. Me daba la impresión de haber regresado en el tiempo, mínimo10 años atrás. Llevábamos 3 teléfonos móviles y desde ninguno pudimos llamar. Un GPS, que perdía la señal …Curioso lugar


El museo etnológico de Las Veigas

Resueltos nuestros problemas de comunicación con el mundo civilizado, nos encaminamos a Las Veigas, al museo etnológico. Es un museo al aire libre que consta de tres viviendas típicas de la zona, cabanas de teito, pero que habían sido habitadas por personas. En la primera de ellas, animales y personas convivían, ya que apenas había separación entre vivienda y cuadras del ganado. Aparecen algunos pequeños objetos cotidianos, pero muy escasos y un colchón roto que deja ver en su interior hojas de maiz y no lana. En las siguientes aparece ya una clara separación entre los animales y las personas que ocupaban la parte superior de la vivienda aprovechando así el calor de los animales que estaban en el piso inferior. Son muy sencillas y prácticamente constan de dos estancias, la cocina sin chimenea y con un horno para hacer pan y que hacía las veces de comedor, y una sola habitación amplia. Mobiliario y utensilios muy escaso. Son austeras y me parecieron pobres comparadas con viviendas similares correspondientes a la misma época de zonas como Castilla y Leon e incluso comparadas con las “pallozas”, viviendas típicas de la comarca leonesa de Los Ancares, definida en su día como zona pobre y arcaica.

Yo que aún mantenía fresca en mi memoria la visita a un lugar similar en la Selva Negra alemana, no pude por menos que sentir cierta “vergüenza ajena” al verlo tan abandonado. Convenientemente amueblado y dotado de utensilios de la época, aunque no fueran los originales, limitando el acceso de los visitantes a este mobiliario o utensilios a través de acordonamientos, añadiendo explicaciones, fotografías, etc., este lugar sería totalmente distinto y nos contaría por sí solo lo que eran las vidas cotidianas de sus habitantes, no mucho tiempo atrás. Es curioso, siempre pasa lo mismo: la Administración se gasta fortunas en adquirir los inmuebles y luego a lo que menos costaría, como “adornarlo” interiormente para hacerlo más atractivo, no se llega. Parece que dejamos la cosas sin terminar.

No obstante el lugar merece una visita, no sólo por las viviendas, sino por que a la persona encargada de mostrarlas podemos escucharla algunas palabras en bable que se le escapan entre otras castellanas. A modo de anécdota nos comentó que en la visita que los Príncipes realizaron a la Braña de La Pornacal muchos teitos que en su parte superior tenían chapas de zinc o gomas fueron cubiertas por retama.

Nos internamos ahora en otro de los valles del parque, en el de Somiedo y nos dirigimos ahora a Pola de Somiedo la mayor localidad de la zona en busca de un supermercado y único lugar donde pudimos ver una gasolinera. Encontramos uno canijo donde hicimos alguna pequeña compra. En una tienda de regalos cercana nos dan información impresa sobre el parque y nos cuentan las dos formas de subir a los lagos de Saliencia: desde Valle del Lago a donde era nuestra intención dirigirnos ahora, o desde Saliencia, a través de una pista de alta montaña que nos dejaría a 15 minutos del conjunto de lagos y por la que antaño descendían los camiones que provenían de una antigua mina de hierro, confirmándonos que suele estar en buen estado, así es que cambiamos de opinión y nos encaminamos a Saliencia con la idea de pasar noche.
El valle de Saliencia


La carretera se internaba serpenteante por el Valle de Saliencia y se iba abriendo paso por la ladera del Cordal de La Mesa, dejando el río Saliencia a nuestra izquierda. Nos pareció una carretera más ancha que la que iba a Villar de Vildas o al menos nos resultó más cómoda. Al llegar, un precioso aparcamiento casi llano con una capuchina y una pequeña zona con mesas detrás, nos invita a quedarnos. De todas formas, la carretera muere aquí y en el pueblo está prohibida la circulación para los que no son vecinos. Una joven pareja de vascos nos comenta que la pista que asciende a los lagos es la misma que pasa por el aparcamiento y que ayer les dijeron que había una autocaravana arriba, además de informarnos de unas brañas cercanas. Así que después de darnos un paseo por este tranquilo lugar y unas buenas duchas, nos dispusimos a pasar la noche. La llegada de nubes al valle, que se quedan bajas, me preocupa: si mañana aún están allí, no veremos nada y no merecerá la pena subir.


Los Lagos de Saliencia
Pero la mañana del jueves 13 amanece espléndidamente azul y brillante. Otro día precioso hecho para disfrutarlo en un marco incomparable. Vemos pasar dos coches y decidimos comenzar la ascensión para evitar en lo posible toparnos de frente con algún vehículo. Ya desayunaremos arriba. El primer tramo de esta pista nos asusta: hay agujeros considerables y no es tan ancha como nos habían contado. Si nos arrepentimos, dar la vuelta no es posible, pero decididos, piso el acelerador y continuamos. A pocos metros aparece un conjunto de cabanas de teitos, unas 4 o 5 visibles perfectamente desde la pista que continua faldeando por la ladera izquierda del valle con una buena visibilidad. Casi al final aparece un grupo de curvas bastante pronunciadas que reduce la visibilidad y que nos ascienden rápidamente a los 1.709 m del Alto de la Farrapona. En total son unos 6 km de pista en buen estado y con buena visibilidad, con la única salvedad del último tramo de curvas cerradas y que ahora, en alguna parte umbría, la nieve cubría parte de la pista dejando espacio tan solo para un vehículo. De encontrarse allí dos, uno debería recular.

Arriba encontramos una perfilada que había pasado la noche. Desde luego, las vistas son inmejorables. El Alto de la Farrapona deja a un lado el Valle de Saliencia y al otro tierras leonesas por las que continua la pista hasta Torrestío. Nos comentan que ver todos los lagos nos llevará una hora, pero si añadimos una hora más, nos podemos asomar al valle del Valle, con unas preciosas vistas. Comenzamos nuestro paseo que en una primera parte continua la pista dejando a nuestra derecha el hermoso Valle de Saliencia y la vista al fondo y en la lejanía de un par de cabanas. Tras 20 minutos aparece a nuestros pies el primer lago, el de La Cueva y restos de la explotación de la mina de Santa Rita. Continuamos ahora por un camino pedregoso y más duro, ya que asciende rápidamente hacía los siguientes lagos. En el camino observamos los numerosos minerales de hierro y recogemos algunos. Tras esta pronunciada subida aparece el de la Mina, más pequeño pero con mucho encanto, reflejando en sus oscuras aguas las cimas de más de 2000 m. que aún conservan restos de nieve. A continuación y muy cerca, se muestra el Lago Cerveriz que aparece helado y rodeado de un arco elevadas cumbres que parecen sucederse unas a otras. Una señal indica un camino hacia el Lago Negro, que dejamos para la vuelta. Buscamos a simple vista y con prismáticos la presencia de sarrios ya que el lugar sería un sitio privilegiado para verlos y a estas horas no hay mucha gente, pero la búsqueda resulta infructuosa.

Tan solo llevamos 1 hora de camino y a nuestros pies se abre el Lago Cerveriz y se extiende una preciosa explanada verde cerrada a nuestra izquierda por la impresionante cadena de cumbres de 2000. Los manchones de nieve se alternan con un suave tapiz vegetal en el que tímidos asoman diminutos narcisos. Los pies casi se hunden en lo que parece estar alfombrado. Continuamos nuestro paseo por una vereda que atraviesa estos manchones de nieve y sorteando zonas encharcadas por el agua del deshielo lo que hacía un poco más lenta nuestra marcha. Pero era un delicioso paseo casi en solitario por una magnífica zona de alta montaña y disfrutamos de él. Entre otras cosas por que sentí que regresaba por un solo instante a mi adolescencia, cuando practicaba esta afición del montañismo, cuando la vista nos engañaba acercándonos lo que aún estaba lejano…Tras una hora de marcha, pasando dos collados, a nuestros pies se abrió el valle. La vista realmente es espléndida: nos rodea una corona de impresionantes cubres pintadas de retales blancos aquí y allá contrastando con un limpio cielo azul y los tonos oscuros y desnudos de vegetación que carecen de nieve. Nuestra vista continua haciendo un lento recorrido y desciende encontrando masas de bosques de hayas que cubren la ladera izquierda del valle y que bajan hasta Valle del Lago para terminar perdiéndose en el horizonte incapaces de abarcar el fondo o el final del valle.

Contemplamos la grandeza de estas vistas y disfrutamos de la quietud y serenidad del lugar, tendidos sobre el suave manto verde y arropados por un sol que a estas alturas parece brillar fortalecido y limpio.

Pero tuvimos que romper la magia del momento ya que a 1 de la tarde teníamos por delante 2 horas de regreso. Exceptuando una caída justo encima de una masa de barro rojo resbaladiza que no solo me hizo perder equilibrio sino que me impedía insistentemente recuperar la verticalidad y dos grandes ranas que encontramos encima de una mancha de nieve completamente congeladas, una de ellas en plena posición de “salto” con todas las patas estiradas (pobrecilla, casi resultaba cómico), no resaltamos más de la primera parte del regreso. En la segunda, a partir ya del Lago Cerveriz, nos encontramos con más grupos de gente, algunos grandes, pero que no solían pasar de allí. Cansados ya y faltos de tiempo, dejamos de ver el Lago Negro. Descendiendo al Lago de La Cueva, acortamos camino siguiendo en línea recta y descubrimos lo que parecían ser dos bocas de entrada a la mina de hierro. Había también algunos restos más de la actividad humana en la zona, como construcciones prácticamente derruidas, escombreras y restos de raíles. Recogimos minerales y a las 3 estábamos ya en la camper. Nos dejamos dos lagos: el Negro y el del Valle, pero puede ser otro buen motivo para regresara estos parajes tan espectaculares.

Aún cansados después de cuatro horas casi ininterrumpidas de caminar, decidimos que sería una hora estupenda para iniciar el descenso ya que la gente estaría comiendo o descansando disminuyendo así la probabilidad de encontrarnos de frente con otro vehículo. Desde arriba la visibilidad de la pista era estupenda, por lo que podríamos visualizar si alguno venía de frente. Y así lo hicimos, pero nuestros pronósticos no se cumplieron ya que nos cruzamos con dos o tres turismos que subían, pero que pudimos ver anticipadamente y esperar en sitios convenientes. En el aparcamiento de Saliencia, comimos y descansamos un poco, para después poner rumbo a Pola de Somiedo en busca de pan, (poco), y mucha, mucha gente.
El valle de Somiedo y la braña Mumián


Decidimos ir a la Braña Mumian de la cual nos habían dicho gente de la zona, que era la más bonita de todas, además de que ver sarrios (rebecos) era relativamente facil sobre todo a la hora a la que íbamos, la última de la tarde.

El aparcamiento, en el que nos habían dicho que podíamos pernoctar, estaba a escasos metros de la carretera y tenía cabida para media docena de coches. Afortunadamente encontramos sitio y dejamos allí la camper iniciando un duro ascenso por una estrecha y empinada carretera que nos lleva hasta El Llamardal, con cuatro casas, si es que llegaba a ese número. Seguimos la senda que continua internándose en un bosque de hayas cuya desnudez contrasta con el vivo color verde brillante que presentan los acebos para salir a continuación a una estrecha vereda por la que solo cabe una persona y que circula a gran altura por la ladera de Peña Gúa, precipitándose vertiginosamente a nuestra izquierda hasta el fondo del valle de Somiedo. El espectáculo es impresionante. Parecemos caminar suspendidos sobre la nada entre las elevadas cumbres que forman el espectacular valle de Somiedo, a nuestra izquierda, las cumbres de la Sierra de Perlunes y a nuestra espalda, el valle se cierra en el puerto de Somiedo. La vista casi se pierde en la hondonada que se abre a nuestros pies y que deja ver lo que a esta altura parecen minúsculos coches que circulan arriba y abajo. Me sobrecojo cuando pienso lo que puede pasar si alguno damos un mal paso. Seguimos durante una media hora “colgados” de esta ladera y casi desafiando a la Ley de la Gravedad disfrutando de un espectáculo grandioso.

Pero tras una pequeña subida el paisaje cambia de pronto y el desnudo predregal por el que hemos estado andando queda atrás y ante nosotros aparece una extensión de prados verdes que se inclinan ligeramente hacia el fondo del valle salpicado con cabanas de teito hasta un total de 17, cada una con linde particular. La luz del atardecer lo envuelve todo resaltando el dorado de la piedra y dulcificando el contraste de colores. El paisaje es enormemente sugerente: el verde prado levemente inclinado que se precipita aparentemente al vacío y del que parecen surgir las cumbres como si le dieran continuidad ascendiendo vertiginosamente hacia el cielo, y las cabanas de teito con su dorada piedra que aparecen dispersas por él limitadas por muros construidos para delimitar propiedades y que dibujan líneas que rompen la monotonía cromática del verde. De nuevo todo parece irreal, un escenario para alguna película de ficción. La armonía envuelve este lugar y nos produce una sensación de profunda serenidad. Nos acercamos y paseamos entre las cabanas. El agua no circula aquí como en La Pornacal, pero hay un bonito abrevadero en el que saciamos nuestra sed y alrededor del cual observamos numerosas huellas de sarrios, pero seguimos sin ver ninguno. El lugar y la hora son ideales para verlos y no comprendemos por qué no lo conseguimos.

Las luces van perdiendo color y el reloj nos dice que nos queda poca luz, así es que comenzamos el regreso no sin antes echar un último vistazo a este mágico lugar y entonces Angel observa unas figuras que se recortan sobre una peña. Los prismáticos nos descubren un grupo de 6 rebecos o sarrios que curiosos y expectantes nos miran con descaro, esperando, suponemos, nuestra partida. Su mimetismo con el paisaje es casi total y a simple vista es casi imposible descubrirlos . La luz que los da de frente resalta más su color. Pero a la izquierda de este grupo, descubrimos otro de unos cinco individuos que saltando desciende ladera abajo hacia la braña. Por fin!. Con este regustillo entre los labios, decidimos continuar, cambiando súbitamente el color verde de la braña por el ocre y gris del pedregal, andando de nuevo por esta estrecha vereda que pone un poco los pelos de punta. Y de nuevo somos capaces de descubrir unos metros por encima de nosotros lo que parece ser por su enorme vientre una hembra de sarrio preñada. Contentos por nuestros descubrimientos y llenos de la belleza del lugar, descendimos rápidamente. Pasaban 20 minutos de las 8 y nos quedábamos sin luz.
Valle de El Valle

Temerosos de que la complicada orografía de la zona no nos permitiera encontrar un lugar llano para pernoctar, decidimos dirigirnos directamente a donde nos habían dicho que con seguridad lo encontrariamos: al final de Valle del Lago, y una vez consultadas al GPS la distancia y el tiempo estimado, hacia allí nos encaminamos. Entrábamos así en el último valle de Somiedo, el Valle cuya carretera transcurre al principio sin dificultad aparente, luego se retuerce en unas seis o siete curvas muy cerradas y que salvan un considerable desnivel, para terminar en Valle de lago en una única calle estrecha de unos 300 m de longitud por la que solo cabe un vehículo y que atraviesa el pueblo. Afortunadamente no nos encontramos con ninguno de frente. Sorprendidos ya por la noche desaparecieron las casas pero continuando un poco más, encontramos un estupendo aparcamiento en batería a nuestra izquierda, tamaño autocaravana donde nos dispusimos a pasar la noche, acompañados por otra de más de 7 m que se encontraba en un aparcamiento en el arcén un poco más adelante.

La mañana del viernes día 14 aparece igual de espléndida que el resto de los días. Pero nuestro tiempo se ha agotado y después de un día tan intenso como el de ayer, tenemos que cumplir nuestro acuerdo y comenzar el regreso.

En mi retina guardaba aún las imágenes de estos lugares como fotografías rápidas: la luz y la oscuridad de la senda del oso, las variedades cromáticas del verde, infinitas, las florecillas que asoman tímidas entre las briznas de hierba, el agua impetuosa abriéndose paso por desfiladeros, gargantas, valles y laderas, cumbres que se yerguen orgullosas y desafiantes, …las brañas con sus cabanas…suspendidas en el tiempo, abrazadas a la tierra…y también guardo sonidos: el suave canto de los pájaros, el del agua rebelde y salvaje de jóvenes ríos y arroyos, su canto en tranquilos rincones de reposo… y sensaciones: el frío de las mañanas, la calidez del sol del medio día, la suavidad del manto verde del suelo, el olor a vaca y a pueblo, la armonía de todo, la fusión y el contraste…

Atravesamos el Puerto de Somiedo sin ninguna dificultad y nos encontramos de nuevo en la bonita comarca de Babia. Recorrimos el valle disfrutando de una belleza distinta, menos salvaje, más sosegada, pero hermosa, deteniendonos solo en …….. Dimos un breve paseo hacia el palacio de Quiñones con un lugareño jubilado y comunicativo que nos contó como antes este palacio elegante, austero y sencillo y rodeado de un bonito entorno, era visitado por mucha gente que anteriormente solicitaba permiso a su propietario. Comentó que incluso venían autocares. Pero lo compró la Junta y ésta consideró que el mobiliario que contenía no era valioso aquí, y se lo llevó a Valladolid. Enterado el antiguo propietario, demandó a la Junta, lo ganó y tuvieron que devolverle el mobiliario que él se llevó. Desde entonces el interior del palacio permanece vacío y nadie lo visita ya. Curiosa forma de promover la cultura y el turismo en la zona.

Nos encontramos en San Emiliano donde decidimos comprar productos de la zona, un buen chorizo picante y cecina y como aún era pronto nos dirigimos de nuevo al Puerto de la Ventana a ver si esta vez encontrábamos la escombrera de la mina.




Y sí tuvimos suerte, aunque tuvimos que preguntar a unos guardas de la Junta que nos miraron extrañados. Hay que seguir un camino a la derecha que parte de una pista forestal que igualmente sale a la derecha del puerto, junto al aparcamiento. Tras una breve ascensión encontramos la escombrera y entramos en ella. Encontramos muchas imprimaciones de plantas, pero lo más impresionante fue un tronco de helecho de unos 70 cm de largo por unos 20 de diámetro que Angel consiguió extraer, además de otros trozos más pequeños de troncos. El lugar no era agradable y se andaba muy mal, pero estuvimos entretenidos un buen rato hasta que la hora de la comida se nos echó encima. Un viento fuerte y frío se levantó y el cielo se nubló.


Dejamos la escombrera y paramos en el mirador del puerto a comer contemplando la belleza del valle de San Emiliano a nuestros pies, tras lo cual emprendimos el camino de regreso. La lluvia apareció en Avila y nos acompaño hasta casa. Habiamos disfrutado, no solo de un lugar inigualable, sino de un tiempo maravilloso.